Una temporada en fuera de juego XXVIII

Esa noche Juanjo y Albert tuvieron pesadillas como las de David el gnomo. Pero Jem Mackie recordaba al despertar vagamente que una vaca rosa se paseaba por su salón y se plantó delante de la televisión, mientras estaba viendo su programa favorito. Cuando consiguió desalojarla había dejado una plasta, caca de la vaca, tan grande, que se vio en cuentos para limpiarla. Cuando despertó le seguían oliendo las manos a mierda, pero lo más seguro, y no se lo reprocho, es que acababa de rascarse el culo…

El día anterior Mackie se había adelantado, según creía él, varias horas a la cita con sus colegas de la Gendamerie Française, Didier Mismaque et Nicolas Boyer. Y decidió callejear por la única calle de Najac hasta la fortaleza que agreste se asoma al Aveyron. Taciturno y con el ánimo intranquilo como por la presencia de la muerte y el peligro, alcanzó la base del torreón, y se volvió sobre sus pasos. Al pasar por delante de un pequeño bar, unas voces amigas le despertaron de sus oscuros ensueños.

-¡Eh Mackie!, viens prendre un coup avec nous – eran Didier Mismaque et Nicolas Boyer.
Jem Mackie tomó un blanco, mientras Mismaque et Boyer apuraban su segundo pastis. Luego le llevaron a un restaurante en la plaza del pueblo, donde Mackie no tuvo remilgos, pues si a él le gustaba la buena mesa, esos dos eran hombres que tenían la nariz vuelta hacia la golosina. Un buen tinto de Cahors les ayudó a echarse entre pecho y espalda un foie-gras, un cassoulet, du Roquefort du Rocamadour, café et eau de vie incluidos.

Después de la sobremesa Mismaque et Boyer hicieron acopio en la pastelería del pueblo de los dulces típicos. Y luego llevaron a Mackie a su cita prevista, justo cuando en la linde del bosque de Picaussel, tras cruzar el Aveyron, la noche cayó casi de repente envolviendo el lugar en sombras tenebrosas. Mismaque et Boyer se quedaron junto al coche por indicación de Mackie, y este se adentró en el bosque como una sombra deshilvanada.

De repente escuchó una voz que le susurraba:

– Apague su linterna Inspector. No querrá usted espantar a estos espectros de la baraja, y caer en las añagazas del maligno.
– Qué susto me ha dado Dr. Silence.

John Silence le señaló, llevándose el dedo a los labios, que guardara silencio, y le indicó a unos cuantos pasos, en un claro del bosque, que una luna mentirosa alumbraba, a un hombre que parecía conversar consigo mismo.
– Mire inspector, allí están los hombres que esperamos.
– Yo solo veo uno.
– Claro, aunque usted posee un don solo al alcance de unos pocos, todavía no ha desarrollado todo su potencial. Hay tres personas, usted solo puede ver a la única persona que seguramente conoció viva, supongo que es don Baltasar Bonet Coll, pero también están el doctor Manuel Usano y Enrique Georgakopulos, seguramente su hombre en el horror.
– Es verdad es el tío Bonet. ¿Y por qué le veo a usted tan claramente y le puedo hablar y todo?
– Recuerde que yo solo vivo en los libros, y soy fruto de la imaginación de Algernon Blackwood, usted ve una recreación que hace su mente, su fantasía. Por cierto me gusta cómo me imagina.
– Vaya ¿esas ropas que lleva no son de Alfred Dunhill?
– Por supuesto, y el pelo me lo ha cortado el mismísimo barbero del Rey. Voy a hablar con ellos, usted espere aquí inspector.

Aunque no hacía frío Mackie sintió un escalofrío húmedo y baboso. Del río subía una niebla efímera y ligera que olía a barro fresco y piel de bebé. Mackie se rascó la nuca y giro despacio la cabeza, como si fuera un impedido. Y allí estaban el tío Bonet y John Silence. Otra vez, casi le da un mal, que manía tienen los fantasmas de dar sustos.
– ¿Joven Mackie cómo estás?
– Don Baltasar.

Jem Mackie se adelantó como para abrazar a Baltasar Bonet.
– Quieto inspector, no es agradable tocar un aparecido – le conmino el Dr. Silence.
– ¿Dime Jaime qué tal por Valencia, cómo está Balta y el RCV?
– Muy bien don Baltasar, todos estupendos y Tono y Balta Jr. Y el club creciendo
– Gracias Jaime. Bien hemos hablado con Enrique y parece que está convencido, esto va a parar, solucionado, caso cerrado inspector.
– ¿Pero así sin más?
– Palabra de fantasma.
– ¿Pero por qué todos estos muertos?
– La venganza Jaime, la venganza en tierra de ninguno. – dijo don Baltasar Bonet. Luego se golpeó el rostro y con la velocidad del relámpago desapareció.
– Estos espectros son sorprendentes. Yo todavía no consigo hacer eso. Hasta luego Inspector.
– Adiós Dr. Silence.

Mackie regresó entre la niebla a la linde del bosque. Allí junto al coche Mismaque et Boyer, estaban dando buena cuenta de los bizcochos.
– Ya veo que no me habéis dejado ni un trozo, qué par de gordos.

¡Entrena con ganas, y sé fiel a tus amigos!

FIN.

Albert Monleón.