Una temporada en fuera de juego XII

No eran aún las seis de la mañana cuando Juanjo vino a recogerme. La noche era clara aunque la luna estaba oculta por las nubes, el aire frío cargado de humedad  en un cielo sin lluvia. De camino a la Torre Roja, cuando pasábamos delante de la iglesia de San Alberto Magno, oímos una ruidosa zambullida, después un chillido ronco, inarticulado, medio ahogado, luego un chapoteo nervioso que poco a poco se fue apagando. Juanjo y yo nos miramos dubitativos un instante,  cuando desde la orilla Cuca nos avisó que ya estaba preparada en el punto de encuentro. Delante Sergio Puerta corría como esquivando contrarios. Estaba amaneciendo y algunos querían borrar su mala conciencia. Del antro del liceo subía in crescendo el bullicio con olor a cloro de los sábados por la mañana, niños jugando y voces entrecortadas de los monitores y los padres.

Al poco Greg y Monty echaron del redil a sus ovejitas, y lo ocuparon los primeros que aceptaron el reto, en su mayoría jugadores adscritos al Liceo francés. Tom y Jim, que acudieron de buena mañana acompañando al hermanito de Jim, se ofrecieron voluntarios como jugadores de reserva, y esperaban atentos en la banda su oportunidad.

En cuanto empezó el partido un ruido insistente de espejos que tropiezan se conjuró en lo hondo de los agrupamientos, y aunque algunos como Nacho y Giorgio tenían fuego azul en las manos, el azúcar de las carreras se disolvía sin remedio en el abrazo del placaje. Más de un esqueleto elegante como Diego Pérez-Jorge, desesperado por bailar, quemaba sus huesos en el ácido de un naranja amarga. Aun cuando sus largos cabellos se tintaron de sangre y sus rostros de agónicos moribundos sonreían en la oscuridad de la melé apelotonada, Vicent e Ibu siguieron arando en el campo a falta de bestia. Óscar buscaba su norte despiadado a pesar de que le picaba la ropa interior. Juanjo viendo las jugadas perfilarse en el umbral de la línea de ventaja sentía con gozo multiplicarse la madeja de su cuerpo, y yo me quebraba insoluble en cada arremetida de Alexis. Cuando el partido llegaba a su fin Sergio Soler salió por la puerta, mientras en un rescoldo las jugadas crepitaban, burbujas en la hoguera de la noche estrellada; sonaba el saxo de John Coltrane.

En el limbo de los guerreros sin alma se cruzaron Sabina y los hermanos Tonetti, justo en el momento en el que, allende 4C, dos escuadras de manos busconas se retaban en la oscuridad del mediodía. Todos se principio como esa niebla que sube por los árboles, luego las jugadas preciosas tantas veces imaginadas por los visionarios se precipitaban por la línea de touche o acababan rompiendo como olas encabritadas en la escollera del ensayo. Álvar capitán mudo en la tormenta dirigía a sus huestes con largos movimientos cambiantes; al otro lado del campo la luz, el sol, el cielo eran más bellos de tal manera que Manu Badenes con Víctor Escallé y Teo jugaban en la sombra mordaz de una guadaña, sin que Fernando e Isma se dieran cuenta mientras los buscaban en el lado cerrado y bajo los escombros de un ruck. En lo más ardiente del combate librado con sangrienta ilusión, cayó herido Liam que se retorcía como si tuviera un jodido dolor de tripas; y aprovechaban Raúl y Héctor para correr con descaro por su pliego de papel de barba rajado por mil afiladas cuchillas. Y justo al final cuando el silbato generoso de Paula vibraba y el juego se agotaba como tus lágrimas al borde de la mejilla, Javi y Remolino empujaron la pelota hasta un reguero de pólvora y la fiesta se acabó. Pablo Sánchez dolorido no se perdió ni un detalle; sonaba la trompeta de Miles Davis.

Al regresar cuando pasábamos delante de la iglesia de San Alberto Magno nos dimos cuenta que aquella madrugada era Fran el que saltó al agua y las corrientes le llevaron a Barcelona. No oímos el grito apagado de ¡hombre al agua!

Continuará (…)

Albert