Una temporada en fuera de juego VII

Esta vez era un viaje que partía de la oscuridad, sus exploradores como sombras en la madrugada se deslizaron sigilosos por tierras mesetarias, y todavía con el pelo de la dehesa liado en los ropajes llegaron al Foro.

En las instalaciones del Liceo Francés de Madrid cunde lo verde y la foresta, y allí los jugadores surgidos del eclipse se sienten fuertes y reconfortados, esperando el desafío de blando pedernal que en cada encuentro de rugby se forja dentro del corazón. Cuando atisban en el terreno de juego a las huestes contrarias de los Liceístas Franceses de Madrid, los Escolares de Arquitectura y los Aparejadores de Burgos se les enciende el cuerpo eléctrico con alma de cristales rotos, y ya no pueden parar de correr y saltar hasta que el balón desposeído de su brillo mágico rueda contrahecho en la zona de marca.

No se sabe cómo consiguieron desafiar a los rivales a ritmo de danza de espadas, y salir airosos del campo de girasoles antes de que el sol revolucionado se precipitase como una catarata con las luces frías de la ciudad.

Sin perder un segundo, Patri y Sabina hechizan en el calentamiento a los jugadores que ansiosos esperan que la jugada rompa como el primer huevo. Héctor mira a lo lejos y sin previo aviso es arrollado, junto a Ricardo y Víctor Escallé, el torbellino del juego los engulle y se les apercibe trémulos y rocosos en el barullo roto del partido. Atravesar las puertas sin usar picaportes es del gusto de Raúl que en compañía de Bruno y Fernando Martínez-Ibarra chasquean en cada lance fogoso que ilumina la línea de ventaja. Luis y Sergio Puerta al abrigo de la sombra alargada de Isma esperan con paciencia ese balón rebotado para fabricarse una faena espumante. Pero ¿qué hacen Carlos de Salazar y Víctor Serradell? El campo de juego cruje en desafortunada geometría y tienen que recurrir a las perrerías para salir del entuerto, en eso que llega Sergio Soler y a la carrera les salva del peligro saltando por encima del vallado que separa el campo de girasoles de los predios dorados. Y ya todo el equipo, aunque el árbitro haya pitado, sigue corriendo alegre hacia el crepúsculo cárdeno.

Miguel Ángel y Dani izan la carpa circense, ponen a sus volatineros de reemplazo al tajo y aunque lleven el rostro pintado como payasos no son ajenos a los ejercicios de agilidad madura, habilidad sensible o fuerza variable. En cuanto Carlos Baixauli pisa el terreno de juego el aire restalla como látigo encendido, más allá de toda indulgencia, vuela intrépido Carlitos y en su halo arrastra a Sergio Juan y Octavio en el remolino del juego atrevido. La lucha sube en intensidad Jorge López y los hermanos Mascarell han decidido no dejar títere con cabeza, Jorge y Manu desenfrenados se dejan el balón atrás, Vicent lo atrapa y huye por el hueco plano del mediodía. Sin temor a las llamas del campo arrasado Diego Pérez-Jorge con Víctor Ribes responden al primer asalto, pero tropiezan en las ruinas doloridas de un ruck vergonzante, luchan por salir del agravio y sin perder la esperanza son rescatados por el ángel de Swan, y juntos parten siguiendo la línea de touche. Suena un redoble de tambor, el campo de juego está en rampa Diego van Langhehove ya baja delirante apartando los cuerpos inertes que a su paso caen, avisa a Alejandro Benedito que sigue mirando el balón que de sus pies marchó a la luna; Javi Castelló con Manu Ortiz suben trabajosamente la cuesta, pues aunque han conseguido robar la pelota, arrastran varios ramilletes de flores que los contrarios han ido dejando caer en este enfrentamiento arrogante con aromas a solsticio.

Los jugadores surgidos de las sombras cenagosas regresan en silencio, el corazón contrito y el ánima divertida, a la noche que sobre los montes yermos se perfila. Y sueñan que han soñado con partidos de mil jugadas.

Extraños al fantástico periplo de sus compañeros una reducida tropa de esforzados jugadores se ejercita en el campo del honor de 4C. Juanjo señala el camino con el brazo, Adriana es la primera en saltar a la carrera, Ibu le cierra el paso, se gira y encuentra a Mauro que a empellones se abre paso, cede el pase a Álvar que como un duende por bosque escapa al ensayo. En la réplica Fernando Fernández huye abrigando una pizca de esperanza, del naufragio lo rescata Jorge Beta, que desde el suelo asiste de categoría a Liam, este se va a la  línea de marca, mientras desde la banda le observa Rodrigo víctima de la rosquilla de plástico.

Otra vez más hemos descubierto que el rugby por encima de todo es Jugar.

Continuará (…)

Por Albert