Pulgarcito y el malvado ogro X – Crónica de los S10

Sábado 19 de enero.

Al final del camino el tercer tiempo, donde tomaron tragos largos y cortos bocados, y salieron del convite como de la fiesta de Blas…

Juanito siempre soñaba con las puertas abiertas hacia la gloria, pero mientras el equipo bailaba al son de un bolero.

Desde ese día que Juanito, desoyendo las advertencias de su compinche Chino joven, alcanzó a nado el casco emergido del viejo submarino, y estuvo en él casi un día entero rebuscando y sumergiéndose una y otra vez entre los hierros roídos por el óxido, todos le respetaban con el mismo respeto que se le puede tener a los jefes de segundo año, incluso a los entrenadores (aunque esa no sea una buena referencia). Y con estas credenciales recién estrenadas se presentó río arriba en el equipo naranja, con su amigo Chino joven, que poco antes de las navidades había ido a probar suerte en los entrenamientos. No sabía muy bien que hacía allí viendo a muchachos corajudos y grandes correr como pollos descabezados arriba y abajo; pero su admiración por Juanito era superior al miedo de verse arrollado en el alboroto del juego ese, del rugby que llamaban los chicos mayores. Era su primer partido y pidió que le llamaran Chino joven, y no Felipe que era su nombre de pila, ya que a su padre le decían Chino viejo.

Así como Juanito se quejaba a veces de un amor injusto, Chino joven no se lamentaba nunca por muy adversa que fuera su estrella. Esta mañana, por ejemplo, le tocó en suerte pelearse con el hosco San Roque en un terreno de piedra pómez junto a los del equipo naranja. En el primer balón que le llegó a Chino joven, las glebas de jugadores, en difusas líneas, avanzaban por los esteros, perdió los rumbos y lo tiró todo patas al aire. Chino joven le confesó a Juanjo que no sabía rajarse, a él no le asustan los tipos de lengua larga, y ahí estaba armado como un negro greñudo, con la cara dando sangre.

Entre los contrarios unos eran toscos, encendidos y fuertes, aunque en sus cabezas les temblaban las piernas y les botaba el corazón de puro miedo. Cuando Carola incansable, en un córner imposible, con pericia encuadraba imágenes que a voluntad vestían o desnudaban a los frágiles jugadores, el decorado se vino abajo.

Mientras el partido de la derecha resultaba albur de mamporros y tomatazos, no más que bazas fulleras de sotas y ases; en el partido de la izquierda, en el erial ribereño con los del Tatami, el equipo blanco, nada más sonar el silbato mal embuchado del árbitro, descompuso la ringla de jugadores y el rumbo de las jugadas parecía indeciso, como si los chicos recién hubieran salido no más de la taberna. Y todos se movieran despacito en un tácito acuerdo de que no hubiera más juego a pelotazos, ni pólvora mojada en las correrías.

A la voz de alerta de Ángel y Juanjo, dos buenos hombres de los que todavía llevan gayumbos con bragueta, sus equipos, por muy recia que sea la tempestad, nunca se descomponen.

Entre los muchachos de Ángel se distinguía Víctor Escalle, que jugaba con todo el desenfreno de un francés y toda la aspereza de un inglés. Y cuando sonó el aldabón de la partida en la cabeza de Luis parecía que estuviera en ayuno desde el jueves, dejándose por el camino la pelota y la camisa; un tumulto de sombras se agrupaba alrededor de una pelota peregrina y asustada en las manos de estos ganapanes; aunque otros brazos extraños, como los de Luis, la estrecharan llenos de emoción. Al principio, en esos primeros minutos de dudas blandas, el balón parecía hecho de materias inaprensibles: de agua, de hielo incluso para algunos de mierda. Cuando entró en acción el bulto combativo de los poderosos Rodrigo, Marc García y Pablo Masmano, y todos aquellos que en vilo esperaban el desenlace incierto de una jugada arrastrá, de jirones hecha, quedaron boquiabiertos ante el ataque firme y potente de todo el equipo.

Entretanto en 4C otros pelanas, de otros colores, como los sangre azul de Miguel Ángel esperaban al Ciencias de Paterna, pero yo les invité:

– Quédense los amigos del Liceo, y echaremos un partido de a siete aunque sea, con los Estudiantes; y Carlos con Nayán alegres se unieron al grupo.

Así es la pelota se fue a tomar viento, pero dicen que volverá, y con Iker estudiante, Pablo estudiante, Lucas y Marcel del Estudiantes; los amiguetes Nayán y Carlos y los sobrevivientes del equipo verde empezó un partido de tintes épicos.

Allí estaba Nayán con sus canillas de Pinocho, sus manos temblonas como pecho de mujer viejita, siempre el primero para hacer el saque, para desbaratar el juego, para iniciar la bulla, la danza del diablo. En una desafortunada jugada del carajo el referee pilló a Carlos metiendo mano en un ruck como un desesperado; que criatura no tendría dentro que de un regüeldo echó la pelota con sus trocitos y todo, y de remate Iker, ciego y desbocado, le pasó por encima partiéndole el corazón.

Para Iker era también, como para Chino joven, su primer partido. Y a las primeras de cambio se alzó los calzones y emprendió una carrera pelona que casi le lleva a las puertas gloriosas del ensayo.  Luego se formó un maul, otro barullo vamos, de donde salían voces de lamento y muecas contrariadas, cuando a cuatro patas, y sin encomendarse a Dios ni a la Virgen, Fernando partió en sentido contrario con la pelota asida como si llevara una gallina al matadero.

En otro lance fortuito inesperadamente Guillermo salió corriendo como si hubiera tropezado en aquella sepultura, la cual había abierto con sus propias manos para descanso de sus enemigos; de rodillas, en la puerta de un mísero ruck, Mateo observaba las penalidades del juego como si se tratasen de tristes tránsitos, en una mañana, en la que a pesar de todo, la alegría alcanzó enhorabuena a Pablo Vique, Víctor Manzano, Nacho, Álvar y Pepe.

En ese preciso momento sonaban los acordes de la Novena de Beethoven.