Las fabulosas crónicas de la historia del rugby – LA GUERRA DE LOS BOERS.

LA GUERRA DE LOS BOERS.

28 de abril de 1902, amanece en Concordia, dos jinetes atraviesan al trote el desierto pedregoso de Namaqualand en plena guerra de los Boers. Los primeros rayos del sol dibujan fulminantes colores sobre unas nubes atrapadas en el horizonte, el aire es frío y las rocas húmedas relucen, mientras despierta con las primeras luces el tapiz de flores: amaryllis, narcisos, aloes, forsythias, adormideras, prímulas, dragones, adelfas.
Los dos jinetes se dirigen hacia el sur, aminoran la marcha al acercarse a su destino: el campamento del ejército de Su Graciosa Majestad. Los centinelas ingleses recelan ante su aspecto desaliñado: sombrero gacho sobre el rostro curtido y la barba hirsuta, chaqueta de piel con las cananas cruzadas sobre el pecho, pantalones caquis y botas de montar, el Mauser alemán en bandolera y el polvo pegado por todo el cuerpo. Los dos guerrilleros piden ser llevados ante el oficial al mando, los recibe el mayor Edwards, al que hacen entrega de una carta del general Maritz del ejército Boer:

” Concordia 28 de abril de 1902
O Kiep.

Al Honorable Mayor Edwards.

Estimado Señor.
Tengo a bien informaros que doy mi consentimiento para un partido de rugby entre ustedes y nosotros. Estoy de acuerdo en una suspensión de las armas mañana desde el mediodía al anochecer. La hora y el lugar del encuentro serán fijadas por usted en acuerdo con los señores Roberts y van Rooyen a los cuales envío a tal efecto.

Tengo el honor…

Por S. G. Maritz. Transvaal Scouting Corps.

Firma: ilegible.”

( Documento original en Afrikaans, guardado en una vitrina del museo del rugby, en el estadio de Newlands en la ciudad del Cabo ).

El partido se celebro tras el almuerzo al día siguiente, en un lugar a medio camino entre las dos guarniciones, en un terreno libre de piedras y con palos improvisados. En ambos equipos abundan más los soldados que los oficiales. Los ingleses se despojan de sus casacas rojas, del salacot de corcho y dejan a buen recaudo sus fusiles Enfield, algunos se cubren con chambergos y usan uniforme caqui; mientras los guerrilleros Boers visten su heterogéneo traje de campaña. Un joven teniente británico oficia de árbitro.
El encuentro es duro, viril casi brutal, pero siempre con el debido respeto hacia las reglas. Acabada la primera parte, y al inicio de la reanudación es anulado el partido a causa del choque entre una columna Británica y combatientes Boers bajo el mando del general Jaap van Deventer en la región de Springbok.
A pesar de que el 31 de mayo de 1902 se firma el tratado de Vereeniging y la rendición del ejército Boer, el sanguinario y racista general Maritz no considera en ese momento el conflicto acabado ni perdido. Se trata de un encuentro entre dos equipos representando dos ejércitos, dos pueblos en guerra.
Así pues los Afrikaners, apasionadamente comprometidos en una guerra por la defensa de su independencia y su identidad, solicitan del enemigo en el honor, el favor de un partido de rugby.
Habiendo aceptado del intruso británico el balón oval y por este gesto purgado de toda diablura, los Afrikaners hicieron de este deporte un elemento básico de su propia cultura. Incluso a veces hasta el absurdo.