Cuento de Navidad.

A todos esos pequeños jugadores sin gloria que un día nos hicieron soñar.

Buenos días desde la máquina de pergeñar crónicas.
Instrucciones para leer el cuento: Este relato se puede convertir en diferente y personal solamente cambiando el nombre de su protagonista Pepito, por el nombre de cualquier jugador o jugadora. Espero que os guste.

Cuento de Navidad.
En esta fría mañana de invierno acude Pepito a su último partido de rugby de este año. Hoy le acompaña su mamá, bueno acompañarle es un decir, porque Pepito se ha rezagado mientras su mamá habla por teléfono. Entonces al pasar por la puerta del centro comercial Pepito ve a Papá Noel sentado en un macetero y fumando un pitillo, y piensa que es su oportunidad de pedirle lo que desea. Se acerca un poco temeroso, cuando Papá Noel alza la vista y le ve frente a él: -Estoy descansando, no concedo deseos hasta las doce.
-Señor Papá Noel es que tengo partido y me tengo que ir.
-Está bien dime rápido que has pedido, que regalos quieres.
-No quiero ningún regalo. Quiero ser el mejor jugador de rugby del mundo, mejor que Julio y Guillermo incluso.
-Vale, pero eso te va a costar algo a cambio.
-No tengo dinero.
-No, yo no acepto monedas, solo tendrás que firmar aquí, es un contrato, una simple formalidad. Anda firma pequeño.
Papá Noel le tiende una hoja de papel y un bolígrafo de tinta roja como la sangre. Pepito duda un poco, los ojos de Papá Noel centellean de forma rara, su sonrisa dibuja unos dientes afilados y sus dedos, que sujetan el pliego de papel, tienen uñas puntiagudas. Pepito está asustado, pero como dice el amigo Jorge, la curiosidad pudo más que el miedo, y estampa su firma.
Sin despedirse de Papá Noel echa a correr tras su mamá. Al alejarse siente un olor acre a pólvora y huevos podridos. Cuando vuelve la vista atrás, Papá Noel ha desaparecido.
Ya llega Pepito al campo de rugby y presto se une al calentamiento. En cuanto pisa el terreno de juego nota sus piernas veloces y cuando le llega el balón a sus manos, lo sostiene con un poderoso par de brazos.
El árbitro avisa con su silbato y el entrenador les da las últimas consignas: -Hay que pasar el balón, no jugáis solos, el balón corre más que vosotros.
¿Qué somos, Amigos. Qué queremos, divertirnos. Y si podemos, ganaremos. Y si no almorzaremos? ¡Venga a jugar!
El equipo contrario saca de centro, y ahí va Pepito lanzado a por el jugador portador del balón, en un santiamén le arrebata el balón como por arte de encantamiento y corre solo hasta la zona de marca, por más que sus compañeros le apoyan pidiéndole la pelota. Pepito se siente pletórico, y piensa que su fuerza no tiene límites. Es el primer ensayo que marca esta temporada, todos le felicitan. Ahora le toca al equipo de Pepito poner el balón en juego. Sin disimulo Pepito desplaza a un compañero y se pone el primero para recibir. Antes de tomar el balón ya ve el hueco por donde escapar, y con la pelota en su poder corre de nuevo veloz al ensayo. Y a la siguiente jugada, a los pies de un ruck, se apodera de la pelota y vuelve a escapar de todos hasta la línea de ensayo.
Pepito no cabe en sí de alegría, tiene imán para el balón, y en cuanto se hace con él corre sin que nadie le pueda placar. Sí, pero no se la pasa a nadie, sus compañeros no están contentos. El entrenador decide sustituir a Pepito, este sale del campo a regañadientes, y no ve el momento de regresar al juego. Marianito cae fulminado en la hierba, tras una violenta colisión, y de nuevo Pepito salta al terreno de juego. Y vuelta a empezar, coge todos los balones y escapa veloz a la zona de marca; salta, rebota, placa como si tuviera las fuerzas de siete jugadores, pero sus compañeros se está hartando de Pepito. Los contrarios agobiados por la presión chutan, rápidamente Pepito corre hacia atrás y pesca el balón al vuelo, emprende la carrera y observa que todos los demás, compañeros y rivales se han quedado quietos con los brazos caídos, incluso alguno le da la espalda cuando Pepito de nuevo marca ensayo. El entrenador vuelve a recriminarle: – No vale que marques tú solo todos los ensayos, tenéis que ayudaros los unos a los otros. Pepito hace oídos sordos.
Por fin el árbitro pita el final, y tras el pasillo de rigor que rubrica los partidos, todos van al tercer tiempo, que han preparado con tanto mimo los papás. Pepito parece contento está orgulloso de su proeza, ha marcado veinte ensayos, pero todos le dan de lado y cuchichean a sus espaldas. Nadie le saluda, ni habla con él, salvo Marianito que nunca se entera de nada. Entonces solo en un córner patea la pelota. La sonrisa se le ha borrado de la cara, no entiende lo que pasa. Pronto le pide a sus papás regresar a casa, está cansado dice, cuando hace unos minutos parecía infatigable. En el coche de camino a casa no habla, la nariz pegada al cristal.
Pepito está triste, taciturno mientras mueve la cuchara en el plato de fideos. De repente la congoja le estalla en forma de llanto.
-Yo no quiero ser así-lamenta desconsolado- la culpa la tiene Papá Noel.
-¿Cómo?-preguntan sus papás.
Y Pepito les cuenta lo que le pasó esta mañana antes del partido.
-Ya decía yo que algo raro pasaba, pues esta misma tarde tienes que ir a ver a Papá Noel- dice su mamá.
Por la tarde en el centro comercial hay una larga cola a los pies del trono de Papá Noel, pero en cuanto llega Pepito no reconoce al hombre barbudo, grueso y endiablado que le hizo firmar el contrato; al llegarle el turno aprieta fuerte las manos de sus papás que le acompañan. Y su papá le anima: -Papá Noel pude jugar de pilar, ¿eh Pepito?
La mirada tierna y bondadosa del anciano Papá Noel confía a Pepito, se acerca al trono. Y San Nicolás le estrecha cariñosamente entre sus brazos, y en voz baja Pepito se confiesa. Después de un buen rato abraza a Papá Noel y sale corriendo ahora a los brazos de sus papás. Tiene lágrimas en los ojos, pero una sonrisa de felicidad.
-¿Qué te ha dicho Papá Noel?
-¡Entrena con ganas, y sé fiel a tus amigos!

Los entrenadores de las escuelas del RCV Tecnidex Liceo francés os desean de corazón felices fiestas y un próspero año nuevo de rugby.