Pulgarcito y el malvado ogro XVIII – Crónica de los S10

Sábado 6 de abril.

 

Se acababan de apagar todas las luces de la noche, cuando Ángel se acercó con inquietud a una improbable melé desguazada, a comprobar las consecuencias del inevitable hundimiento. De repente le asaltó ese olor negro que va ligado al frío y la hojarasca putrefacta. Y descubrió a Iker buscando el balón en los despojos del ruck. En medio del campo florido, el silbido del árbitro se parecía al del aceite sembrado de chisporroteos en un fuego vivo. La turbadora presencia de Pablo Vique entre los jugadores de Paterna, resultaba la sombra del dios de los corredores entre los hombres; cuando disimulando su carrera a saltos, Rodrigo dejó a todos arrebujados bajo el peso de la puerta hundida como por el golpe irresistible de un ariete. Llegado en apoyo meritorio, y aunque no llevaba barro en las botas, la carrera de Diego era espesa; y sus colegas Jorge Beta y Giorgio Napolitano jugaban como críos en el patio de recreo con lívida, desdeñosa eficacia. En el campo los dos equipos se peleaban, invadiendo poco a poco la parte del otro en un imperceptible pero constante juego de fuerzas, establecido de antemano, que no les dejaba en definitiva más que un tiempo limitado, por turno, de victoria…

Esta mañana el viento soplaba a ras de suelo. Tumbaba y alisaba la hierba flexible, a la vez que aplastaba y acariciaba el pelo de los muchachos, y como una mancha de aceite, una inquietud solapada les invadía lo más profundo de sus sentimientos. Y el viento se elevó y se apagó de manera voluptuosa, y volvió a subir y a caer, llenando de aromas la mañana. Al comienzo de los partidos los chicos se divierten, hasta el momento en el que en sus miradas de pequeños humanos se enciende la inteligencia: ese peligro de muerte para los animales, que tan bien conoce y teme Juanjo. Entonces Sergio Puerta es una forma larga, rápida, ágil…un relámpago sombrío, jadeando en la penumbra, y durante el partido estará condenado a no saber quién es en verdad: muchacho o árbol, ave o guijarro. Jaume cayó con el golpe en el suelo, y tuvo la impresión de que le rascaban por dentro con un puñado de cardos secos; Noah corría como el que posee una prestancia modelada por el hambre de balones, cuando consigue uno un regocijo inaccesible destella en sus ojos. El árbitro señaló balón adelantado y los delanteros acudieron con remilgos a la melé ordenada, cerrada, prieta; Bruno fue el primero en unirse a la línea de tres, y la idea de incomodidad que sugería su postura en la melé parecía deberse no tanto a que su culo estuviera más alto que sus hombros, como a que fuese culo. Cuando el balón quedó libre y llegó manso a las manos de Alejandro Aragón, su juego podía describirse como desahogado, más que como confortable. Con los ojos muy abiertos Cuca descubrió la mañana fermentada de soles en desuso, cada bocanada de vapor de sus labios se quedaba flotando con un aire de permanencia, como legado a una atmósfera inmóvil, y su cuerpo pareció estirarse con sensual expectación…

Doblando la página apareció el Chino con el casco encajado en la parte posterior del cráneo; y esta mañana su amigo Juanito tenía esa especie de alargada delgadez que le confería unas ilusorias pulgadas de más. Entre los elementos olía a miedo movedizo, que vuelve blanca la sangre y la deja sin fuerza, hasta  tal punto, que la desazón pisoteó a los chicos, racimo de valor maduro en su punto. Cuando el partido empezó, Arnau, que aspiraba a ser conocedor de todas las jugadas, en algún lugar corría con incierta desgana. Mateu buscaba la pelota con mansa, algo ofendida curiosidad, no de manera inquisitiva. Pero cuando Liam entró en combate se desveló como un monograma inverosímil, más que una persona real. Entonces vio venir a su víctima, calculó la distancia… y soltó el resorte de sus músculos; aspiraba lejanos, suaves olores animales, y su carrera se veía enseguida determinada por ellos.

Al abandonar el campo de juego percibí apenas unos pies ligeros cruzando a zancadas el verde suelo… dos pies, pero como si de cuatro se tratase. Cuando me dijo adiós con la mano, observe que el Chino tenía el dedo anular más largo que el corazón, como los que padecen de licantropía…

 

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