Pulgarcito y el malvado ogro XII – Crónica de los S10

Sábado 2 de febrero.

 

– ¡Estoy adolorido! – se quejaba Jaume, con un grito en sordina. Juanjo contuvo el aliento y lo miró fijamente, y él, con candidez en sus ojos, le devolvió la mirada fija. Jaume regresó al campo de juego a partirse de nuevo la cara, a engrandecer su leyenda, a aumentar su club de fans. Y aunque se sentía como si hubiese tenido la cabeza metida toda la noche en el congelador, por su corazón corrían cien jinetes perdidos en la tormenta.

Mientras, otros sentían simpatía por el diablo, por eso me detuve ante la primera casa, más o menos a una milla del polideportivo, y miré por encima de la cancela del jardín. Un viento fresco y desapacible gemía entre los pinos y ululaba esquivo por el cauce seco del río Serpis, y entonces empecé a soñar…

Lozanas e inalcanzables recorríais la banda jalonada de conos descarriados, intenté avisaros pero tenía la boca seca y las palabras se agostaban en la comisura de los labios. Miré de nuevo al campo distante, como distraído en la espesura, cuando Sergio Moreno se dio cuenta de que estaba a punto de entrar en la melé, un amago de sonrisa se dibujó en su rostro, y se quedó inmóvil un instante mirando fijamente sus botas que espejeaban a la luz del sol.

Luego en el ángulo muerto del terreno de juego el equipo verde empezó a sonar como una vieja caja de música: Marcos López en do sostenido, Eder en fa natural, Lorenzo en mi bemol y Jorge Beta en re figurado. Un canto sincopado, sinclinal, una armonía simple y alegre, de acordes libres y delicados, donde el balón era el único instrumento.

– Ciento veinticinco, ciento cuarenta y siete, setenta y siete, eso ya es otra cosa, ciento treinta y cuatro, ciento sesenta y cinco…- iba contando el jefe Luis Oller. Le pregunté si eran kilogramos o libras. – Libras creo – me contestó.

Jorge Herrero miraba angustiado a la Cofradía del culo gordo, y me suplicó que a los cuatro fuera de la ley se les levantara la sanción. El cambio lo había efectuado casi sin ánimo, y solo al terminar me pregunté por qué se me había ocurrido. Aun así le dije que tenía que tener coraje y acaudillar el equipo.

Echa mano del valeroso e inocente Iker, es un buen vasallo; y apóyate en Alvar, ese noble caballero, en su guardada bizarría. Entonces un feroz torrente de apasionada sangre recorrió su cuerpo. Lo demás fueron lamentos, plañidos, peso muerto rodando en el campo contrario, y otra victoria botijo de Pulgarcito.

¿Es acaso el rugby un refugio para granujas, aunque guarda, como el boxeo, cierto halo de pureza primigenia?