Pulgarcito y el malvado ogro VI – Crónica de los S10

Sábado 24 de noviembre.

Al resbalar de la cama, aunque ya no podíamos ocultarnos en esa nebulosa cortina de lluvia que arrastra el levante desde la mar, entramos en el polideportivo a hurtadillas. Tanto es así que un hombre tan avezado en tácticas de pillaje y camuflaje como Ángel, no se percató de mi presencia hasta que los campos del honor fueron pintados de colores. Algunos pensaban que habían llegado por un camino equivocado, pero a esas horas cualquiera es un renco, que como tú Juanito recorre las alamedas tapizadas de hojas de plátano. Estabas triste, todos parecían algo tristes quizás, una sombra amenazante y cruda parecía abandonar el grupo. En verdad que desconocíamos si tras esa mirada con fulgores de ira, Liam estaba pidiendo socorro; y la duda dolorosa, la que nos aprieta el corazón, crecía dulcemente en nosotros.

Pero teníamos que jugar una ensalada rusa de partidos coloreados a fuerza de golpes y patadas. Y pronto el sol nos calentó los músculos, los huesos y la sangre ruda y espesa como un beso mordido. Esta gaya mañana las premisas del juego eran abrir el balón con una sonrisa, pasar la pelota como si fuera un melón, correr a carcajadas y partirse de la risa en el tercer tiempo. No fuera que a su regreso Juanjo tuviera que oír aquello de que Juanito se enfadó porque el árbitro le cobró penal, que si fulanito pilló un rebote de narices por un placaje a destiempo o que menganito se mosqueó alegando que no le pasaban la pelota.

Y luego todo empezó a girar, y los campos de juego bascularon en la niña de tus ojos. Ahí estaba Mauro frotándose las manos ante la expectativa de una bacanal a fuego y sangre; y Jaume novel en esta plaza esperaba tranquilo en el callejón su oportunidad, que pronto llegaría y que bien supo aprovechar. Los de la corteza naranja estaban preparados a lo que fuera: doble salto mortal o estampida con derecho a roce; los de sangre azul, con su apuesto mentor Mathis, aguardaban en la linde del bosque con cara de recelosos.
Y la contienda empezó, pero menos mal que María Montesinos dirigió las operaciones con pericia; Cuca viendo que aquello pudiera acabar en escabechina, huyó con sus apuntes a contar, si le daba tiempo, las carreras de su hijo. Pau Fernández y Pablo Masmano se lo estaban pasando pipa y me pidieron el cambio porque les dolía la tripa de tanto reír; Mateo se arrimaba al capitán Mario a ver si con su influencia conseguían una partida gratis para los dos, y en eso que Jaume saltó la barrera. Algunos iban a la suya como Sergio Moreno y Mateu, igual te agarraban un gato y lo querían introducir en la melé, que cargaban con el balón, una lavadora, dos sillas y la cesta de la compra hasta la línea de marca. No es extraño que dos chicos tan prudentes como Pau Conde y Álvaro Tolvaños, a las puertas derribadas de un ruck, le hayan pedido permiso al árbitro para pisarle la cabeza a uno que se había colado por la ventana. Lorenzo, Eder y Enzo después de cruzar el río en varias ocasiones se dieron cuenta, demasiado tarde, que no podían quitarse de encima al levantisco Axel.
Lejos, bastante lejos, como a diez metros o más, Sabina desde el castillo blanco de su navío había enviado al abordaje a dos marineros de reconocida destreza: Jorge y Pablo Endersby. Y aupado en su verde alcázar, Ángel daba la réplica al ataque blanco con su pequeño caporal Luis, mientras Alejandro Pérez perdía el turno en la cola de un maul, y Noah ya cantaba victoria, cuando se dio cuenta que le faltaba lo mejor, la pelota.
En la ciudad vacía solo se oían palabras, palabras, palabras. Cuando el juego terminó me sentí desconsolado y descubrí sin sorpresa que me estaba desangrando. La próxima jornada pediré que me pasen el balón, eso seguro que me calienta las manos y el corazón pequeño.