Una temporada en fuera de juego XXII

En la media parte de la final de la copa del Rey, cuando antiguamente los equipos se tomaban un respiro para cambiar las normas de juego, Tom y Jim aprovecharon, con un atajo de recalcitrantes gaznápiros, para jugar al escondite en los pasillos y escaleras del estadio Ciutat de Valencia. Qué les importaba a ellos una final de lo que fuera, cuando podían aprovechar el momento y jugar a lo que más les gusta en un lugar fantástico, plagado de escondrijos, recovecos, rincones, tesoros, secretos, refugios, salidas, entradas, pasillos sin salida… En la emocionante espera, en la infinita espera, cuando el tiempo encoje el corazón y uno no puede aguantarse las ganas de cambiar de lugar, de jugar al descuido y llegar el primero a madre, alguien susurra:

¿El padre de Octavio también juega?

– No creo, Rafael seguramente se ha perdido, es su juego favorito.

Fuera en las gradas lo verde cunde, lo verde son los nuestros, el RCV.

Veinticuatro horas antes en el campo del río fue lo naranja y verde objeto de un esplendoroso desencuentro en la yerba. Desde el adarve de su castillo los del CAU avisan: -¡Enemigo a la vista! Y allí que arriban los del RCV y atraviesan los fosos y asaltan las murallas sin necesidad de bastidas, de catapultas, ni arietes. Y sin vuelta atrás comienza la batalla del partido de manera anárquica pero electrizante, hay nerviosismo y precipitación, pero también velocidad, ímpetu e ilusión por llegar al final, a la línea de marca, a la zona de ensayo. Unos se abren paso a golpes con los puños, otros con la espada a mandobles, algunos con la lanza en ristre, los hay que abren brecha incluso con el hacha o la maza a mamporros, los más listos a caballo alcanzan el objetivo: marcar un ensayo. Los del CAU según su entrenador montan a mujeriegas, los nuestros a pelo.

En la primera línea de asalto surge Isma, que cuando era niño creciendo todo su cuerpo naturalmente y su cabeza a compás, se le quedaron chicas las manos como si fueran de gorrino, tanto que no conseguía atrapar bien el balón, sobre todo cuando le lanzaban pases cohete y caca de la vaca. Así que se confecciono unas manos de masa de pan y se fue de romería a que un santo obrase milagro, por el camino tuvo tentación de comérselas. Pero al poco tiempo sus manos tomaron tamaño natural y ahora es el Manazas, aunque no se le escapa ningún oval, así le envíen un melón o una piedra, y más de una vez le han sorprendido atacando el intervalo portando el balón como si fuera una naranja. Pegado a sus costillas John López, que en cada envite ofrece su pecho sus manos para que el equipo avance sin demora, todos los compañeros le deben la vida y la sal.

En el flanco derecho de la batalla la caballería hace estragos, Carlitos arremete como Orlando, furioso y alegre a la par; los enemigos corren en desbandada, a lo largo los zagueros, que alguien no pregunto si tenían nombre de hombre, caracolean danzan y de repente resbalan dejando atrás lágrimas y cuitas prendidas de la mirada incrédula del contrario.

Al pie de la empalizada la fiel infantería huele a carne de cañón. El equipo menudo está este día como en el teatro, pero el juego tiene el sabor agridulce de la tragedia. Aunque los de Paterna no han jugado como caballeros, Jorge Beta y sus compinches han asaltado el parapeto con ardor guerrero, corazón desmedido y arrebato de trompetas.

Y mientras los capitanes gritan ¡Victoria!, y los jugadores se saludan cortésmente, el campo de batalla es invadido por seres de otra galaxia, que dicen acuden a liberar el castillo. Ajenos a tanto jaleo los infantes toman el almuerzo a los pies del fortín, Álvar por si acaso no se lleva la celada; Nacho Martí y Sergio Puerta ni siquiera el bucal se han quitado.

Y aunque si ustedes hubieran adquirido cierta intimidad con los jugadores, jamás habrían llegado a saber por ellos que había pasado.

Continuará (…)