Una temporada en fuera de juego XV

– ¿Habéis visto un fantasma?-repitió el inspector Mackie.
– No, no, un fantasma no inspector Mackie-responde Jorge López.
– ¿Cómo sabes que soy el inspector Mackie, John López?
– Usted aparece en las crónicas de Albert, y él nos dijo que usted buscaba un fantasma.
– Vaya, vaya no sé cómo se habrá enterado vuestro entrenador, tiene la lengua y las orejas muy largas el Flecha.
Esto ocurría el sábado pasado en el tercer tiempo de 4C. Una semana más tarde, a las nueve y media de la mañana en el campo del Río, el inspector Jem Mackie bebe café prieto mientras manosea con fingido sosiego un cigarrillo rubio americano sin lumbre.

En el campo grande y verde y bonito señalan los del Tatami las líneas de marca. Nuestra convocatoria plagada de forfaits nos remite a dos encuentros de siete contra siete, ideal para darse un hartazgo de carreras y redobles. Tras el calentamiento Miguel Ángel y Dani componen dos equipos donde a partes iguales se unen las fuerzas veteranas y la grey bisoña. Se oye el silbato vibrar en el aire en calma bajo un tímido sol de invierno, y ya están los chicos proponiendo en su juego una erupción de certezas con geometrías variables, y el ruido del choque de los cuerpos lanzados al vació de nuestra esperanza es música para los oídos.

Ibu la pelota ya blandea llamando a la pelea; John López a cien flechas está que le rodean, que en herirle se emplean, mas ambos trabajan a porfía por conseguir el ensayo, y hasta alguna descarga de mérito se permiten por el camino. Son número en el Tatami aquellos que solo jugar quieren consigo, a más de uno le salen chispas de la cabeza y rayos de la punta de los dedos. Apresurado tañe y canta Marcos Acedera el alma trasformada en cada balón que lucha con carnicero recelo. Jorge Beta y Giorgio se conjuran de hierro, de crudeza y fuego armados; Giorgio amaga presuroso, a punto de ser prendido y desarmado cuando Jorge Beta recoge al vuelo el balón de sus manos y se libera hasta el ensayo. Ya el partido a sangre y fuego, aparece con mil banderas Vicent, su movimiento cierto, sus pasos desiguales; Octavio hace otro tanto y ante él los contrarios huyen la torpe afrenta, que solo aquel que huye escapa. Y si los del Tatami alguna esperanza albergan allí llegan Sergio Puerta, Isma y Alejandro Pérez que con acertado yerro detienen su gozo y alegría.

No muy lejos de allí, apenas a cinco metros, otros ardientes jugadores batallan enardecidos a nivel y plomo. Siguiendo los pasos de un relumbrante Manuel obran maravillas en el campo de arrogante perpendicular: Sergio Juan, Diego Van y Pablo; Nacho Martí con su juego lisonjero hace reparo de tanto mal, y Miguel esclarecido en la brecha no se hurta en el engaño; mas en las carreras elásticas es soberano Víctor que con sus jugadas de flaca carne y hueso, hasta el banderín alcanza y aun lo derriba perdiendo en el empeño la pelota.

El inspector Jem Mackie arrastra sus pies con desgana hasta el campo intransitable donde al ritmo de Sabina e Iñigo, con su juego intransitivo, fugitivo y dichoso los nuestros dan buena cuenta de un enemigo crudo, airado y turbado en el honor mancillado. Y también llegan ecos lejanos desde la Pelosa de un rugby de corta mano, donde probar suerte es atrevimiento ferviente, hazaña desbaratada, triunfo fingido, burlado intento de la mano de Patri y Juanjo.
– ¿Qué tal inspector, le gusta el balón ovalado?
– “En otro tiempo, si recuerdo bien, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en el que todos los vinos corrían”, señor entrenador.
– En el soviet está la clave, hasta pronto inspector Mackie.
Continuará (…)

Albert