Una temporada en fuera de juego XXV

Cuando Jem Mackie se despertó en los últimos minutos de la final de la Copa de Campeones Europea de Rugby 2017-18 entre Leinster y Racing 92, le preguntó a Perro si se había perdido algo, y su perro le contestó con un gruñido que no.

El inspector Mackie sueña cosas raras, incluso en comisaria corre el rumor que ha resuelto casos gracias a los sueños. Él siempre había pensado que el diablo, cosas de locas, era un muerto con el que hablan las mujeres, una imagen turbadora de 3×4 en el espejo, una sombra que se arrastra como el insecto. Pero cuando en un cruce de sueños el diablo le dijo: “lo triste no es morir así, si no vivir así para morir”, pensó que el diablo era un filósofo de mierda. También soñó que cuando el diablo le habló él andaba en mitad de otro sueño: había regresado a casa, una operación frustrada le tenía trastornado de tal manera que no le produjo ninguna sorpresa descubrir, tras las puertas automáticas del ascensor, el cuerpo inanimado de una mujer. Bueno al principio le contrario un poco, pero el tener que subir ciento veintiocho pisos a pie y para evitar habladurías de los vecinos, decidió subir en compañía del cuerpo. Apartó con la punta del zapato un poco sus bonitas y rechonchas piernas que ocupaban diagonalmente el piso del ascensor, y pulsó el botón. Mientras el ascensor ascendía se comportó ante su difunta acompañante como si no se conocieran de nada, mirada fija e indiferente hacia otro lado para no cruzarse con sus ojos abiertos y fríos, en tanto que en el hilo musical sonaban los deliciosos acordes de Tom Jobim. Luego fijó la mirada hacia el suelo y volvió a descubrir sus zapatos rojos de tacón y sus piernas bonitas y rechonchas que brillaban bajo las medias de seda…y después el diablo le habló.

La temporada llega a su fin, y como cada mes de mayo algunos fallan en la convocatoria del sábado porque toman la primera comunión. Jim ya la tomo la semana pasada, y hoy a punto de comenzar el partido parece estar concentrado en silencio y rezar: ¿A quién debo llamar, vida mía, si no a ti, Virgen María? Tom con sus compañeros de segundo año ya están jugando con el combinado S-12, de tal manera que al principio prueban suerte a ráfagas y trallazos, parecen terribles y misteriosos fantasmas japoneses.

Los jugadores de primer año se enfrentan entre ellos, preparando el torneo de Valladolid. Hay en el aire un olor a desafío de pistolas virulentas, un sonido de burbujas infernales, un juego con deslices de nubes que poco a poco se desvanecen de nuevo en el aire. Estos gaznápiros piensan que su alegría, vértigo de combinaciones infinitas, es como hurgar en el eterno retorno, cuando no saben todavía que ni siquiera los dioses son eternos, solo sus atributos. Muchos se ilusionan con la sangre y se quiebran insolublemente en el azúcar de una jugada llena de trampas.

Antes incluso de despojarme de la ropa ya atisbo por el vano de los palos restos de arena en los rostros de los chicos, arena de los campos vecinos, campos de sueños, de las jugadas inacabadas de las peleas en ciernes. Atónitas las vacas observan como los muchachos se revuelcan por la yerba mojada. Las voces de Jim y sus amigos resuenan en mi cabeza como actores de doblaje, y algunos merodean alrededor del balón como si fueran perros en el campamento y una noche sin estrellas les dejaron en el mayor desamparo.

A Tom en cada reluciente lance del juego el brillo le retorna despacio a los ojos, ojos llenos de ilusión, ternura y amor. Y se adivina la flor que se expande como gota de pintura en el iris cuando el balón cae en sus manos y el camino se abre autopista a las estrellas, en el retrato blanco y prieto de los trucos épicos. Y aunque en cada partido, por muy torcido que haya pintado, los chicos descubren su destino en los luceros, ahora son aquellos que anhelan sin concesiones ser amados.

Sentado en la grada se pregunta Jem Mackie: ¿Por qué los muchachos son más hermosos a este lado del terreno de juego, más bellos que en ningún otro lugar, bajo la sombra alargada de la hache? ¿Por qué se me hace chico el corazón cuando emprenden la carrera preñada de peligros, y me explota el pecho cuando logran pintar sus hazañas de vivos colores? ¿Por qué quiero llorar cuando lloran ateridos por un frío golpe? ¿Por qué quiero correr, saltar y pasar la pelota cuando se traban en su juego equívoco? Según el árbitro no está permitido.

¿Y por qué tengo de nuevo la cara sucia de arena y besos, mientras los jugadores regresan cariacontecidos a sacar de centro con el balón como pesada carga?

Cuando todo acabó Tom y Jim se acercaron a la zona de marca y fantasearon con un almuerzo al modo de la “Partie carrée” de James Tissot.

Ese mediodía el inspector Mackie decidió que iría a Valladolid, y tomaría clarete de Cigales.

Continuará (…)

Albert