Una temporada en fuera de juego IV

Un día cualquiera de cualquier semana, en un mes pródigo de energía, de un incierto año hubo epidemia de intensa electrocinesis. Ese mismo día en el viejo cauce del río Turia, bajo el puente de resobada piedra se dieron cita para jugar los nenes conquistadores y las fierecillas con suerte.

Aunque ese día en el cauce no crecían las margaritas, ni las rosas silvestres, Tom y Jim camino de los campos de rugby iban deshojando las flores de la alineación: ¿me pondrán de guapo medio melé, empujaré en la melé de hercúleo pilier, correré la banda de ala veloz, seré príncipe apertura? Cuando los muy bellacos saben a ciencia cierta que no tienen, ni tendrán de momento, puestos asignados hasta que dominen las técnicas básicas y tengan más respeto por todo lo que conlleva la práctica del rugby.

-Pediré ser capitán- dice Tom, alzando los hombros y sacando pecho.

-Eso lo decide el entrenador-replica Jim, señalando con el dedo sus botas de tacos.

-Bueno pero puedo pedir ¿no?

-Si te nombran capitán tienes que dar la charla en la media parte, y colocar a los jugadores que no se enteran en el campo.

-Qué va, eso lo hacen los entrenadores.

-Pues el otro día en el entrene Albert dijo que el capitán es el representante del entrenador en el terreno de juego.

-Vale pues que dé la charla Albert.

-Como la dé Juanjo te vas a enterar, o Fran.

-Mejor que sean Sabina o Patri, verdad chicos, con sus voces canoras-apunta el papá de Jim.

Desde luego no enviaremos a los hermanos Rubio con su verborrea circense, ni a Mc Iñigo que ha impulsado el desarrollo e implantación del rugby nuclear de fisión entre la grey menuda.

Ese día cualquiera los campos de juego estaban plagados de electretos saltarines, la mayoría descabezados y despolarizados, así respondieran por el nombre de Tatami, UCV, San Roque, Corsarios, Octopus, Lions ou Mousquetaires del RCV LF. Los jugadores más aventajados poseedores de poder mollar electrocinético ayudan a los jóvenes que todavía están en la fase del electrotropismo decadente, pero a pesar de ello la epidemia de electrocinesis hace estragos. No placa nadie, la carga electrostática de los cuerpos en movimiento repele a los arrugados jugadores y nadie quiere arrimar el hombro y derribar al contrario, alguno por descuido se acerca, recibe una descarga y huye. El portador del balón según se oriente en el campo eléctrico escapa hacia el lado oportuno o se lía atraído por los polos opuestos  en una ensalada electrónica.

Los cuerpos no buscan el equilibrio, campan a sus anchas por el terreno de juego, alguno parece que se orienta con el culo positivo. Ahí va Isma, un electrón atómico, que no se anda con tapujos, ha dejado a tres del Tatami electrocutados y luego se ha comido la pelota. A veces el balón tiene efecto electroimán y se pega a las manos de los jugadores polarizados, eso le suele pasar a Raúl; y Sergio Soler posee juego electromagnético, algo así como Héctor. Víctor Escallé y Liam, uno protón y el otro electrón, en cada jugada parecen salidos a destiempo de la sesión de electroshock, y si se juntan con Luis y Sergio Puerta casi siempre acaba la cosa en cortocircuito.

Si usamos el índice de consumo y producción de electricidad como indicador de desarrollo, este día cualquiera ha sido un festival de rugby, pero como hemos apuntado anteriormente esta electrización por influencia viene siendo demasiado frecuente, y aunque los jugadores corren muy deprisa -Giorgio y Adriana han descubierto los rayos catódicos-  la defensa, el placaje no es electrodinámico.

-Y qué le vamos hacer –se quejan Pablo García de Ramón y Carlos Baixauli- si siempre estamos enchufados.

Muchos de estos fulleros eléctricos no se arriman al rival ni con un palo en la mano derecha, además hacen mutis y no hay quién les saque el balón de las costillas. Esto de trasformar el trabajo mecánico del empuje de la melé en energía eléctrica, no lo dominan todavía los jugadores electrodomésticos. Pero bajo un cielo electroluminiscente, donde han quedado atrapadas en arrobo nubes ovaladas, corren Tom y Jim hacia las mesas del tercer tiempo, dejando a su paso como  chiribitas de alegría.

Continuará (…)

Por Albert