Pulgarcito y el malvado ogro XXIII – Crónicas de los S10

Sábado 25 y domingo 26 de mayo.

 

El rugby no es la guerra, pero en cada partido se libra una batalla, en cada jugada se alumbra una disputa por la pelota, en cada carrera en cada forcejeo se descubre un héroe, de chicha y nabo, pero nuestro héroe al fin y al cabo. Héroes como lo soñadores Juanito y Chino.

Y en el quinto día de la semana, día de la semana que sigue al jueves, treinta y seis muchachos, como treinta y seis soles, emprendieron un viaje hacia el interior, una Anábasis infantil al corazón de las sombras invisibles. Pero también una expedición, un periplo arriscado hacia el interior de sí mismos, de sus alegrías, sus miedos, su suerte, su valentía, sus pesares, sus amores, sus ansias de libertad, su tiempo de felicidad. Una épica aventura sembrada de mil batallas, como la historia de un amor incondicional que nunca vaciló ante las mayores adversidades. En esta fuga hacia dentro, los pasos ligeros agostaban el ardor del suelo y en la lejanía sabía que nos esperaban los abrazos más tiernos y los besos más dulces, pero también las cargas más duras y los ataques más violentos.

En la mañana del día de la semana que sigue al viernes pusimos pie en el campo de Agramante las tropas de infantería. Por dondequiera que se mirase, la tierra daba luz a escaramuzas con tropas mercenarias de mil colores.  Todo brillaba como el cielo en mi alcoba, los desafíos por un honor sin precio se sucedían sin descanso, días interminables bajo tu balcón esperando ver tu sonrisa lisonjera, tus ojos como dos brasas, el vuelo alegre de tus manos que solo saben decir buenos días. En los momentos de tregua retirábamos los heridos allende la zona de marca y enterrábamos a los muertos sin verter una lágrima, pero con el corazón contrito por no haber llegado a tiempo de sujetar la mano amiga. Mediado el día cesaron las hostilidades, el sol declinando hacia poniente, se recogieron los infantes al abrigo de la sombra guerrera del castillo en la mota. Por la noche ecos muy lejanos de una gran batalla hizo saltar de júbilo a la canalla cuando adivinaron su emocionante desenlace.

Y en el último día no se hizo descanso ni se guardó fiesta, y las tropas rebeldes, con el ánimo dividido entre el temor a lo desconocido y la esperanza de volver a combatir junto al amigo, rompieron el fuego confiados en su suerte y en su valor a prueba de bombas. Las líneas del frente se multiplicaban, y unos salían cautelosos arrastrándose casi sobre la hierba, otros corrían en pequeños grupos, la cabeza vuelta, los hombros levantados. De pronto mi capitán dio la voz de alerta como si del ladrido de un perro se tratase. Con impulso unánime, se incorporaron y corrían hacia las líneas enemigas. Cuando unos caían, otros los secundaban, subían y bajaban a lo largo de la línea de placaje, combatían en oleadas. Había colisiones de cuerpos en movimiento, uno se doblaba sobre otro, quedando en un escorzo muelle, sin horror, como dos amantes que se besan. Aparecían y desaparecían, salvando montoneras de cuerpos en tumulto, el trofeo del balón a merced de la pericia y los descuidos. Mi capitán torció los ojos, tuvo una sacudida, y de la nariz afilada le afluyó un hilo escaso de sangre roja. Unos caían al modo de muñecos recogiendo grotescamente las piernas, otros abrían los brazos y quedaban aplastados sobre la tierra; y otros se doblaban muy despacio sobre el hombro del camarada. Las escuadras a veces se rompían por el centro para buscar el ataque en flanco, pero a veces estallaban en una brecha de rosas espinosas.

En un momento de tregua, los bisoños aspeados, estaban tan rendidos de fatiga, que, al entrar bajo techado, tiraban la mochila verde por delante y se tumbaban; mozos crédulos, de claros ojos, almas infantiles valientes para el mar, abiertas al milagro, y temerosas de los muertos. Los buenos corredores estaban llenos de movimiento, de voces y sudor. El grito enorme de la batalla estremecía toda la tierra. En los estertores de la gran lucha esta se quebraba y dislocaba en acciones parciales, en marchas, en flanqueos, en sorpresas, hasta desvanecerse por completo en el tumulto del cuerpo a cuerpo. Las tropas sintieron el último impulso unánime de correr hacia delante, todos abrieron el corazón a la victoria, y una vena profunda de alegría recorrió la canalla cuando al fin alzaron el merecido trofeo. Chino y Juanito pasearon su metal precioso delante de las tropas acantonadas en la retaguardia, en el momento que en el campo del honor todo era desbandada.

La tristeza, el desánimo, los lloros habían desaparecido, algunos incluso confraternizaban con los que hacía unos minutos era el enemigo feroz a batir. El campo de batalla, despejado de cadáveres floridos, de cuerpos mutilados por amor, de sueños truncados en la línea de touche, reverdecía con el gozo mañanero y la templada alegría.

Cuando veo a los chicos correr y caer, reír y llorar, vencer y sufrir, me siento como ellos, un corazón capaz de amar la Tierra entera. Recuerdos que inolvidablemente vivirán en mí.

 

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