Pulgarcito y el malvado ogro VII – Crónica de los S10

Elche, sábado 1 de diciembre.

 

Cuando llegamos a Elche solo encontramos tierra seca y palmeras, palmeras, palmeras… Ven que las palmeras saben de mi amor, ven que mi alma ya no puede de dolor…Cantaban las hojas de palma mecidas por el viento matinal, hasta que una vino a herir el pie desnudo de Mateo. Mano la sangre caliente y la tragedia parecía sonar sus trompas, hasta que todo se diluyó como una gota de sangre en la inmensidad del mar. Mientras en el borde blandito de la touche una pasión desatada se alumbraba entre números y cambios, una incierta y bella historia de amor que perfumó la fresca mañana en Altabix.

¿Pero qué ocurría en lo alto del otero de todas las jugadas? ¿Era Jesucristo rodeado de sus apóstoles, abrazado a sus jugadores en piña, que platicaba?:
– Dies irae, ¿por qué el ácido isocianúrico no es compatible con los huevos? La ciencia todavía no tiene respuesta a esta pregunta, pero eso no importa, pues en verdad os puedo asegurar que hoy el que no salga a morder a los tobillos, a comerse el balón, a quemar la banda, a romper las botas en el piso, ya puede regresar andando tras el bus y sin pasar por la casilla del tercer tiempo.
Dudo que esa encendida arenga hiciera mella en el ánimo de los jugadores verdes (aunque probablemente sí, en la dulce Carmen); pero es cierto que en su primer enfrentamiento con el Elche, donde campaba a sus anchas un gigantón infante, dejaron presencia de su coraje y el campo de juego quedó como rastrojeras calcinadas tras la siega estival. Tanto Carlos, como Nayan y Mario Belenguer, después de superar el extravagante rebote de la pelota, mostraron dura impronta de su determinación en el culo verde de algún ilicitano, en el preciso momento en que Sergio Puerta regresaba victorioso y exultante con un pollo bajo el brazo.

El sol se abría paso entre las perezosas nubes de algodón quirúrgico, cuando en el otro extremo del campo Juanito sufría con su equipo blanco esos primeros minutos donde la mayoría de los jugadores andan con la caraja mañanera, y juegan como la novia del capitán que teme ensuciarse el vestido blanco de organdí. Y vieron pasar, incluso despacito, a los contrincantes abejorros por delante de sus narices sin inmutarse apenas; algunos con el paso del tiempo espabilaron al fin y sonaron con estruendo la carga en rebeldía para poner remedio a tanto desmán. Marcos Mundo y Sergi Rubio se engancharon al carro encendido del motín y pudieron disfrutar en el barullo del juego de algún lindo cacharrazo.

“Solo te tengo a ti pelota ovalada, no me abandones en las tinieblas del ruck, y muéstrame el camino; yo te abrazaré con fuerza y te llevaré sin temor más allá de los montes, hasta la orilla del mar, en esa playa interminable donde las olas vienen a dormir el sueño eterno una y otra vez.”
Y si Juanito seguía rezando desde lo hondo de su alma pecadora, era en el centro de todos los campos, donde con la pasión desatada del primer beso, el vigor de esa mirada nueva y enamorada, con el calor inocente del abrazo robado a la suerte de una brillante jugada, que el equipo naranja se empleaba con diestra torpeza y hábil calamidad en el juego amartelado de la pelota.
En medio del encuentro con Alicante, Mario García y Asier quedaron presos del embrujo del balón cuando este quedo libre rodando por la hierba; y se abalanzaron sobre él y sintieron por unos segundos su fino tacto parabólico con los ojos encendidos de alegría y el respingo de la locura a flor de piel. Las jugadas de imperdonable mérito se sucedían al calor de las miradas enamoradas; Mario Boronat y Pablo Masmano observaban desde la retaguardia de todas las batallas, los movimientos deslizantes como peces fuera del agua. Y mientras en la banda seguía la dulce melodía de los violines y las arrebatas miradas de pasión, Marcos Pulgarcito López, haciendo gala de su astucia y su valor, escapaba, para asombro de grandes y chicutos, por el hueco más diminuto y flaco de todos, hasta las lindes de la muerte para depositar como si tal cosa el balón en tierra húmeda.
Cuando el torneo tocaba a su fin, en un charco de cristal boqueaba una sirena naranja a los pies de un ángel maduro.